Ajena Luciérnaga
No suenan canciones alegres, no es suerte del trece ni la desgracia de su nombrar. Tiré el cigarro por el balcón y antes de caer ya estaba muerto. No creía ni la eternidad del amor ni en la luz de las luciérnagas, todo desprendía el mismo olor repugnante de la sabiduría hedonista. Mis placeres se rendían nuevamente al cautiverio de los sábados y martes de feria. ¿Quién toca la puerta? La tormenta e inunda el patio, la terraza y el balcón. Estoy sola cacareando las mismas frases fatídicas de hace diez años. A la misma luz clara que nutre mi piel la apago para dormir gracias a un sistema de cableados que puede manejar cualquier Ernesto que nunca llegó a cursar el último año del ciclo básico, mas para mí sigue siendo inconsciente el movimiento de circuitos que rondan mi cerebro. Para hacerlo más ágil límito su crecimiento a base de malos alimentos y pura nicotina recreativa. El fallecimiento de mis neuronas y la posición derecha que jamás podré alcanzar. Si tan sólo fuera un nítido sueño ...